Categoría: Innovación

  • La nueva carrera por desarrollar semillas mucho más rápido

    La nueva carrera por desarrollar semillas mucho más rápido

    Durante décadas, mejorar una semilla ha sido un proceso lento. Ahora Bayer sostiene que la combinación de edición genómica, inteligencia artificial y ciencia de datos está reduciendo ese tiempo de forma drástica. Según la empresa, desarrollar una nueva variedad podía requerir alrededor de cinco años hace dos décadas, mientras que hoy el proceso puede completarse en cuatro meses. Esa diferencia equivale a trabajar unas 15 veces más rápido.

    El cambio no significa que la agricultura haya encontrado una fórmula instantánea para crear mejores cultivos. Lo que cambia es la velocidad con la que se pueden identificar características útiles, probar combinaciones y avanzar hacia nuevas variedades. Bayer parte del germoplasma, es decir, el conjunto de genes disponibles en una planta, y combina ese material con hibridación, ingeniería genética y edición genómica para mejorar el desempeño de los cultivos.

    La implicación principal está en el tiempo. Cuando el desarrollo de una variedad tarda años, las necesidades del campo pueden cambiar antes de que esa solución llegue al productor. Reducir el ciclo permite responder con mayor rapidez a problemas relacionados con enfermedades, calidad de los alimentos, composición nutricional o uso de pesticidas, factores que la consultora Fairfield identifica entre los motores del mercado de ingeniería genética agrícola. Fairfield estima que este mercado crecerá 6.5% entre 2023 y 2030 hasta alcanzar 1,500 millones de dólares al cierre de ese periodo.

    Sin embargo, acelerar la investigación no garantiza que la innovación llegue con la misma rapidez al campo. Bayer reconoce que existe una gran diferencia entre desarrollar una tecnología y lograr que pueda utilizarse en condiciones reales. De acuerdo con datos expuestos por la empresa, 97% de los agricultores del mundo trabaja superficies de 10 hectáreas o menos. Además, mientras 91% de los agricultores estadounidenses utiliza herramientas digitales, el promedio mundial es de 65%.

    Esa brecha importa porque muchas de las nuevas soluciones agrícolas dependen cada vez más de información, conectividad y capacidad para tomar decisiones con datos. Un productor puede tener acceso potencial a una semilla mejorada, pero su adopción también dependerá del cultivo que maneje, la superficie disponible, su presupuesto y las herramientas que tenga a su alcance.

    Por eso, la velocidad tecnológica abre una segunda discusión. La agricultura puede avanzar muy rápido dentro de un laboratorio, pero su impacto productivo depende de que las soluciones correspondan con la realidad económica y operativa de los agricultores. La propia Bayer señala que sus inversiones deben considerar el entorno y las prácticas que utilizan los productores para que los desarrollos sean realmente útiles.

    También permanece el debate sobre la aceptación de la ingeniería genética. Fairfield identifica preocupaciones relacionadas con posibles efectos sobre ecosistemas, biodiversidad y seguridad alimentaria. Esas inquietudes influyen en la regulación y en la aceptación social de estas tecnologías.

    El avance que presenta Bayer muestra una agricultura en la que mejorar semillas puede tomar meses en lugar de años. El reto ya no está solamente en acelerar la ciencia. También está en lograr que esa velocidad produzca soluciones accesibles, pertinentes y adoptables en campos muy distintos entre sí.

    Fuentes: Milenio

  • Nuevas líneas de trigo desafían la sequía en México

    Nuevas líneas de trigo desafían la sequía en México

    El trigo del noroeste de México enfrenta una presión cada vez más tangible. Hay menos agua disponible para riego y, al mismo tiempo, temperaturas altas en etapas en las que el cultivo necesita condiciones frescas. Ese doble estrés ya tiene efectos visibles. En el Valle del Carrizo, en Sinaloa, productores reportaron que el rendimiento promedio cayó de cerca de 6 toneladas por hectárea a poco más de 4 toneladas por hectárea en la última temporada.

    Frente a ese escenario, ensayos realizados por el CIMMYT y sus colaboradores muestran un avance importante. Nuevas líneas experimentales de trigo lograron ventajas de rendimiento de hasta 28% bajo calor y de 15% frente a condiciones combinadas de sequía y altas temperaturas. Las pruebas se realizan en la Estación Experimental Norman E. Borlaug, en Ciudad Obregón, Sonora.

    No es que estos materiales necesiten poca agua. El trigo sigue dependiendo del riego. La diferencia está en su capacidad para conservar una mayor parte de su rendimiento cuando el agua es limitada o cuando el calor aumenta. El objetivo es reducir cuánto pierde el cultivo cuando las condiciones dejan de ser favorables.

    Una de las líneas experimentales produjo 15% más que Borlaug 100 bajo sequía y también bajo calor. Otra alcanzó una ventaja de 28% cuando fue expuesta a altas temperaturas. La variedad Borlaug 100 sirve como referencia por su potencial productivo, estabilidad y adaptación a distintos esquemas de riego.

    También hay avances en materiales con antecedentes bajo diferentes condiciones de agua. Noroeste C2021 registró un promedio de 7.379 toneladas por hectárea. Don Lupe Oro C2020 llegó a 7.140 toneladas por hectárea y CIRNO C2008 alcanzó 6.664 toneladas por hectárea. La diferencia entre Noroeste C2021 y CIRNO C2008 fue cercana a 10.7%.

    El rendimiento no es el único criterio. Los programas de mejoramiento también evalúan resistencia a royas, estabilidad, calidad industrial, peso del grano y adaptación a distintas fechas de siembra y niveles de riego. Esto resulta importante porque el problema no se presenta de una sola forma. El productor puede enfrentar menos agua, más calor o ambos factores al mismo tiempo.

    Las nuevas líneas todavía no están listas para una adopción comercial inmediata. Antes deben pasar por validaciones regionales, registro en el catálogo nacional de variedaddes vegetales y multiplicación de semilla. Algunas podrían llegar a los agricultores en uno o dos años. Otras, que se encuentran en fases más tempranas, podrían requerir entre tres y cuatro años.

    La implicación para el noroeste es relevante. Si el calor acelera el ciclo del trigo, el periodo de llenado del grano puede acortarse y el rendimiento puede caer. Si además hay menos agua para riego, el margen para corregir esa pérdida se reduce. Por eso, una variedad más estable puede convertirse en una herramienta para disminuir riesgo productivo.

    Eso sí, la genética no resolverá sola el problema. Los ensayos apuntan a una combinación de mejores materiales con decisiones sobre fechas de siembra, manejo del suelo y eficiencia del riego. El avance consiste en producir más con el agua disponible y sostener mejor el rendimiento cuando aumenta la temperatura.

    La prueba decisiva llegará fuera de las parcelas experimentales. Si estas ventajas se mantienen en distintas regiones y ciclos, el mejoramiento genético podría ayudar a que el trigo siga siendo viable en ambientes donde el agua y el clima ya están cambiando las reglas de producción.

    Fuente: AgroLatam

  • Un acolchado que combate malezas y luego desaparece solo

    Un acolchado que combate malezas y luego desaparece solo

    Durante años, quienes cultivan en campo abierto han enfrentado un dilema difícil de resolver. El mulch o acolchado plástico funciona bien para controlar la maleza, pero retirarlo al final de la cosecha es costoso y complicado, sobre todo cuando el material ya se ha fragmentado y ha dejado microplásticos en el suelo.

    Ahora la empresa Ademar está probando en Centroamérica una alternativa que promete resolver justo ese problema, un mulch compostable que se descompone por completo en agua, dióxido de carbono y biomasa, sin dejar rastro de polímeros.

    La solución ya se ha probado en piña convencional y orgánica en la zona norte de Costa Rica, y la compañía la está extendiendo a melón, fresa, tomate, chile dulce, cebolla y lechuga. El material cuenta con la certificación OK Compost y cumple con la norma europea EN 17033, lo cual permite incorporarlo directamente al suelo una vez que termina su función, sin necesidad de retirarlo como ocurre con el acolchado tradicional. Está elaborado con material biodegradable basado en PLA, y su duración varía entre unos meses y más de dos años, según el espesor que se utilice.

    Lo interesante de este avance no es solo que el material desaparezca de forma natural, sino los resultados agronómicos que ha mostrado hasta ahora. Según Laurent Duvergey, responsable de Ademar, las pruebas en piña reportan cuatro beneficios claros, una reducción de la erosión del suelo, un adelanto de más de cuatro semanas en llegar a la fase de forzamiento (algo que se mantiene tanto en el primer como en el segundo ciclo de cosecha), menos problemas de floración natural y un ahorro directo en aplicaciones de herbicidas. Este último punto tiene un peso especial, porque reducir el uso de químicos no solo baja costos, sino que responde a una presión cada vez mayor sobre el sector para disminuir su huella ambiental.

    El caso de la piña orgánica ilustra bien por qué este desarrollo puede ser relevante. En ese tipo de producción, el control químico de malezas está muy limitado, así que el acolchado se vuelve casi indispensable. Sin embargo, muchos productores orgánicos también quieren evitar el plástico convencional, precisamente por la preocupación de dejar residuos en un suelo que se supone debe mantenerse libre de ese tipo de contaminación.

    Ahí es donde aparece la contradicción que menciona Duvergey, el acolchado aporta ventajas agronómicas difíciles de reemplazar, pero su retirada resulta costosa y compleja. Un material que se descomponga solo, sin perder sus propiedades durante el ciclo del cultivo, elimina esa tensión.

    Hay además un beneficio operativo que suele pasar desapercibido, y es que el producto permite mecanizar procesos de siembra gracias a su resistencia, lo cual reduce mano de obra y tiempo en campo. Sumado al ahorro que representa no tener que retirar el material al final del ciclo, la propuesta apunta tanto a la parte ambiental como a la económica, dos frentes que normalmente compiten entre sí en las decisiones de manejo agrícola.

    Tras las pruebas en Costa Rica, Ademar planea expandir su desarrollo hacia otros mercados de Centroamérica y América Latina. Duvergey visitará próximamente Honduras, Guatemala y Colombia para reunirse con clientes y revisar proyectos donde la empresa participa como proveedor de tecnología. Si los resultados se replican en melón y otros cultivos, este tipo de mulch podría convertirse en una herramienta relevante para productores que buscan reducir tanto sus costos como su dependencia de plásticos convencionales.

    Fuente: FreshPlaza

  • Los desechos del nopal sirven para fertilizan cultivos

    Los desechos del nopal sirven para fertilizan cultivos

    Cada vez que se procesa nopal para venderlo como verdura, una parte importante termina en la basura. Investigadores de la UNAM calcularon que entre el 15-20% de la penca procesada se convierte en recortes que normalmente no tienen ningún uso posterior.

    Ese material, que hasta ahora solo servía para hacer composta o simplemente se desechaba, acaba de mostrar un potencial que va mucho más allá de lo esperado.

    El equipo liderado por Bruno Chávez Vergara, del Instituto de Geología de la UNAM, sometió esos residuos a un proceso de digestión anaerobia (el mismo tipo de descomposición que se usa para generar biogás). De ahí surgen dos productos aprovechables. Uno es electricidad, que ya se usa para abastecer el centro de acopio donde se procesa el nopal. El otro es un líquido llamado digestato, que resultó ser un fertilizante orgánico con propiedades poco comunes en el mercado.

    En pruebas realizadas con avena forrajera en Milpa Alta, justamente en la producción de nopal verdura, este digestato aumentó un 20% la biomasa del cultivo y adelantó hasta un mes el momento en que la planta llegó a su madurez. Esto no es un detalle menor, pues un ciclo de cosecha más corto reduce el tiempo en que el cultivo depende de la lluvia, lo cual resulta especialmente valioso para los agricultores de temporal, que no cuentan con sistemas de riego y suelen estar más expuestos a la falta de agua.

    Lo interesante es que este fertilizante no solo alimenta directamente a la planta, como hacen los agroquímicos convencionales. También nutre a las bacterias y hongos del suelo, ayudando a recuperar una actividad biológica que se pierde después de años de uso intensivo de fertilizantes sintéticos. Es decir, no solo mejora la cosecha de un ciclo, sino que también contribuye a que la tierra recupere condiciones más saludables a largo plazo.

    Esto tiene implicaciones que van más allá del rendimiento agrícola. Milpa Alta concentra cerca de 4,500 hectáreas de nopal y produce más del 90% del volumen que se consume en la Ciudad de México, así que la cantidad de residuo disponible para este proceso es considerable.

    Si la tecnología logra escalarse, no solo se reduciría el desperdicio de un cultivo que genera enormes volúmenes de sobrante, sino que también se ofrecería una alternativa más barata y sostenible a productores que hoy dependen de insumos químicos costosos.

    El reto ahora es encontrar la dosis mínima que mantenga estos beneficios sin encarecer demasiado su aplicación, un punto clave para que pequeños y medianos productores puedan acceder a él. El equipo de investigación ya planea extender las pruebas a maíz y zanahoria, además de evaluar el comportamiento del digestato en zonas de Xochimilco y Tláhuac, donde las condiciones del suelo son distintas a las de Milpa Alta.

    Lo que empezó como un problema de manejo de residuos podría terminar convirtiéndose en una herramienta real para reducir la dependencia de agroquímicos en la Cuenca de México, aprovechando algo que hasta ahora nadie sabía qué hacer con ello.

    Fuentes: El Universal y Agrolatam

  • USDA quiere IA para acelerar la innovación en cultivos

    USDA quiere IA para acelerar la innovación en cultivos

    El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) anunció que buscará apoyo de universidades y otros socios estratégicos para desarrollar herramientas de inteligencia artificial capaces de interpretar la enorme cantidad de datos de germoplasma que la agencia ha acumulado durante años. La iniciativa se enmarca dentro de la Genesis Mission y de la Autoridad de Investigación y Desarrollo Agrícola Avanzado (AgARDA), y se traducirá en un desafío nacional de ciencia y tecnología que se lanzará en lo que resta de este año.

    Para entender la relevancia de esto hay que partir de un problema concreto que enfrenta la investigación agrícola desde hace décadas. Los bancos de germoplasma guardan información genética de miles de variedades de plantas y semillas, pero gran parte de esos datos están dispersos en distintos formatos, entre imágenes, registros de campo y resultados de laboratorio.

    Sin una forma eficiente de cruzar toda esa información, los científicos tardan mucho más tiempo en identificar qué rasgos genéticos hacen que una planta sea más resistente a plagas, sequías o enfermedades. Ahí es donde entra la propuesta del USDA, ya que busca que equipos externos diseñen soluciones prácticas que integren estas fuentes dispersas en un solo sistema analizable mediante IA.

    El doctor Scott Hutchins, subsecretario del área de Investigación, Educación y Economía y científico en jefe del USDA, explicó que la meta es dar a los investigadores herramientas modernas para transformar los datos de plantas en descubrimientos más rápidos. Esta declaración muestra que el cuello de botella actual no es la falta de datos, sino la capacidad de procesarlos con la velocidad que exige un sistema alimentario bajo presión por todos lados.

    Desde el punto de vista práctico, esto podría beneficiar de forma directa a los productores, aunque no de manera inmediata. Si las herramientas de IA logran acelerar la identificación de rasgos genéticos valiosos, el desarrollo de nuevas variedades de cultivos podría acortarse considerablemente frente a los ciclos tradicionales de mejoramiento genético, que suelen tomar varios años. Esto significa que semillas más resistentes a condiciones climáticas extremas o a plagas específicas podrían llegar al mercado en menos tiempo, lo cual representa una ventaja competitiva para quienes dependen de estabilizar cosechas en un contexto de variabilidad climática creciente.

    La Genesis Mission, lanzada en noviembre de 2025 por la Oficina de Ciencia y Tecnología de la Casa Blanca, no es un esfuerzo aislado del USDA, sino parte de una estrategia más amplia que busca conectar a científicos, empresas, universidades y centros de datos para resolver desafíos científicos complejos con apoyo de IA. Los equipos que participen en el desafío tendrán acceso a la Plataforma Americana de Ciencia y Seguridad, una infraestructura compartida construida por el Departamento de Energía que conecta bases de datos, instrumentos científicos y herramientas de IA.

    Aún faltan detalles específicos sobre plazos, financiamiento y criterios de selección del desafío, por lo que el verdadero impacto en el campo dependerá de cómo se implemente esta convocatoria en los próximos meses.

    Lo que sí queda claro es que la agricultura estadounidense está apostando por la inteligencia artificial como motor de innovación varietal, y eso marca una dirección que probablemente otros países y organismos agrícolas observarán de cerca.

    Fuente: USDA