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  • Los consumidores no compran lo que no ven bien

    Los consumidores no compran lo que no ven bien

    Cuando alguien elige fruta en el supermercado, especialmente en Estados Unidos, lo que más pesa en su decisión no es una etiqueta orgánica ni un sello de sostenibilidad. Es algo mucho más simple: Poder ver el producto. Así lo confirma una investigación reciente de la firma Category Partners, que estudió qué elementos del envase realmente influyen en la compra de frutas y hortalizas.

    La conclusión central es que los compradores prefieren envases con la mayor superficie transparente posible, incluso por encima de mensajes sobre certificaciones o prácticas ambientales. Cara Ammon, vicepresidenta senior de Investigación e Inteligencia de Mercado de la firma, lo resume con una frase: Nadie quiere llevar una caja de fruta a casa y descubrir que está llena de fresas podridas.

    Este hallazgo tiene sentido si se piensa en cómo compra la gente. El precio y la calidad siguen siendo los factores decisivos en cualquier caso. Pero la visibilidad funciona como una especie de garantía inmediata de esa calidad. Un consumidor puede leer que un producto es orgánico o reciclable, pero esa información no le dice nada sobre si la fruta está fresca en ese momento. Ver el producto sí lo hace, y de forma instantánea.

    Aquí es donde el estudio aporta un matiz importante para quienes empacan y comercializan frutas y hortalizas. No se trata de eliminar los mensajes del envase, sino de jerarquizarlos. Según Ammon, lo orgánico suele posicionarse por encima de la sostenibilidad y la reciclabilidad en las preferencias del consumidor, y la marca del producto también queda relegada a un nivel similar.

    Además, detectaron algo interesante y es que muchos compradores asocian las etiquetas orgánicas con precios más altos, lo que genera reacciones distintas según el perfil de quien compra.

    Esto tiene una implicación práctica bastante concreta para la industria. Si el espacio en el frente de un envase es limitado (y siempre lo es) entonces cada mensaje que se agrega compite directamente contra la posibilidad de mostrar el producto. Sobrecargar el empaque con textos y sellos puede terminar restándole efectividad, en lugar de sumarle.

    El estudio también identifica una tendencia relacionada con el segmento premium. Los envases con apariencia más cuidada facilitan la venta de productos de mayor valor, sobre todo entre consumidores jóvenes. Ammon explica que esta demanda por experiencias premium en casa se aceleró durante la pandemia y se mantuvo después, particularmente entre la Generación Z y los millennials, que buscan variedades únicas o de especialidad. El crecimiento de uvas de mesa con marca propia es un ejemplo de hacia dónde va este apetito por lo diferenciado.

    Aun así, la firma reconoce que todavía falta investigar más a fondo cómo se relaciona el material del envase con la disposición real de los consumidores a pagar más. No es una fórmula automática donde un empaque más elegante garantiza mejores ventas.

    El mensaje final para los empacadores es que antes de decidir qué va en el frente de una caja o una bolsa, conviene investigar qué le importa realmente a cada categoría de producto y a cada perfil de comprador, porque las prioridades cambian según el caso.

    Y sobre todo, dejar que la fruta hable por sí misma. Como lo plantea Ammon, lo importante es asegurarse de que el consumidor pueda ver el producto, sin dejar de incluir los mensajes verdaderamente relevantes.

    Fuente: Portal Frutícola

  • Los desechos del nopal sirven para fertilizan cultivos

    Los desechos del nopal sirven para fertilizan cultivos

    Cada vez que se procesa nopal para venderlo como verdura, una parte importante termina en la basura. Investigadores de la UNAM calcularon que entre el 15-20% de la penca procesada se convierte en recortes que normalmente no tienen ningún uso posterior.

    Ese material, que hasta ahora solo servía para hacer composta o simplemente se desechaba, acaba de mostrar un potencial que va mucho más allá de lo esperado.

    El equipo liderado por Bruno Chávez Vergara, del Instituto de Geología de la UNAM, sometió esos residuos a un proceso de digestión anaerobia (el mismo tipo de descomposición que se usa para generar biogás). De ahí surgen dos productos aprovechables. Uno es electricidad, que ya se usa para abastecer el centro de acopio donde se procesa el nopal. El otro es un líquido llamado digestato, que resultó ser un fertilizante orgánico con propiedades poco comunes en el mercado.

    En pruebas realizadas con avena forrajera en Milpa Alta, justamente en la producción de nopal verdura, este digestato aumentó un 20% la biomasa del cultivo y adelantó hasta un mes el momento en que la planta llegó a su madurez. Esto no es un detalle menor, pues un ciclo de cosecha más corto reduce el tiempo en que el cultivo depende de la lluvia, lo cual resulta especialmente valioso para los agricultores de temporal, que no cuentan con sistemas de riego y suelen estar más expuestos a la falta de agua.

    Lo interesante es que este fertilizante no solo alimenta directamente a la planta, como hacen los agroquímicos convencionales. También nutre a las bacterias y hongos del suelo, ayudando a recuperar una actividad biológica que se pierde después de años de uso intensivo de fertilizantes sintéticos. Es decir, no solo mejora la cosecha de un ciclo, sino que también contribuye a que la tierra recupere condiciones más saludables a largo plazo.

    Esto tiene implicaciones que van más allá del rendimiento agrícola. Milpa Alta concentra cerca de 4,500 hectáreas de nopal y produce más del 90% del volumen que se consume en la Ciudad de México, así que la cantidad de residuo disponible para este proceso es considerable.

    Si la tecnología logra escalarse, no solo se reduciría el desperdicio de un cultivo que genera enormes volúmenes de sobrante, sino que también se ofrecería una alternativa más barata y sostenible a productores que hoy dependen de insumos químicos costosos.

    El reto ahora es encontrar la dosis mínima que mantenga estos beneficios sin encarecer demasiado su aplicación, un punto clave para que pequeños y medianos productores puedan acceder a él. El equipo de investigación ya planea extender las pruebas a maíz y zanahoria, además de evaluar el comportamiento del digestato en zonas de Xochimilco y Tláhuac, donde las condiciones del suelo son distintas a las de Milpa Alta.

    Lo que empezó como un problema de manejo de residuos podría terminar convirtiéndose en una herramienta real para reducir la dependencia de agroquímicos en la Cuenca de México, aprovechando algo que hasta ahora nadie sabía qué hacer con ello.

    Fuentes: El Universal y Agrolatam