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  • Orgánico no siempre significa menor impacto ambiental

    Orgánico no siempre significa menor impacto ambiental

    La idea de que la agricultura orgánica siempre es mejor para el ambiente parece sencilla, pero la evidencia reciente muestra una realidad más compleja. Una revisión publicada por Our World in Data, basada principalmente en un metaanálisis de 100 evaluaciones, concluye que el resultado cambia según el indicador que se observe y según si el impacto se mide por hectárea o por kilogramo de alimento producido.

    La agricultura orgánica tiene una ventaja clara en ecotoxicidad. Al restringir gran parte de los pesticidas sintéticos, suele reducir el daño potencial de los insumos químicos sobre plantas, insectos y vida acuática. También suele favorecer una mayor diversidad y abundancia de especies dentro de las parcelas agrícolas. Sin embargo, este beneficio no siempre se mantiene con la misma intensidad cuando el análisis se amplía a toda una explotación o al paisaje que la rodea.

    El principal problema aparece en el uso de la tierra. Los sistemas convencionales suelen obtener mayores rendimientos, por lo que necesitan menos superficie para producir la misma cantidad de alimento. En el conjunto de estudios analizados, la agricultura orgánica utilizó una mediana de 64% más tierra por kilogramo de producto. Esa diferencia es importante porque ampliar la superficie agrícola puede aumentar la presión sobre bosques, pastizales y otros hábitats naturales.

    La comparación también cambia cuando se observan las emisiones de gases de efecto invernadero y la contaminación del agua. Por hectárea, los sistemas orgánicos suelen mostrar menores impactos. Pero al medirlos por kilogramo de alimento, la ventaja desaparece. El metaanálisis no encontró diferencias estadísticamente significativas entre ambos sistemas en emisiones, acidificación y eutrofización.

    Esto ocurre porque prescindir de fertilizantes sintéticos no elimina las emisiones relacionadas con el nitrógeno. El estiércol, el compost y los cultivos de cobertura también aportan nitrógeno al suelo y parte de este puede transformarse en óxido nitroso. Además, el control mecánico de malezas puede exigir más labores y más combustible. Si a esto se suma un menor rendimiento, el impacto por unidad de alimento puede igualarse o incluso aumentar.

    La conclusión más útil es que no existe un sistema que gane en todos los indicadores. La agricultura orgánica puede reducir la ecotoxicidad y mejorar ciertas condiciones ambientales dentro de la parcela, mientras que la convencional puede producir más alimento con menos tierra. Esa diferencia vuelve central una pregunta que suele pasar inadvertida. No basta con analizar cómo se produce una hectárea, también importa cuánto alimento sale de ella.

    Por eso, una transición amplia hacia sistemas orgánicos tendría consecuencias que van más allá de la parcela. Si la producción cae y la demanda permanece igual, la superficie necesaria puede crecer o aumentar la dependencia de alimentos producidos en otras regiones. El beneficio local puede entonces trasladar parte del impacto ambiental a otro lugar.

    El debate, por tanto, no se resuelve con una etiqueta. El efecto ambiental depende del cultivo, el lugar, el rendimiento, las prácticas utilizadas y el indicador que se quiera reducir. La evidencia disponible muestra que comparar agricultura orgánica y convencional exige mirar al mismo tiempo toxicidad, biodiversidad, emisiones, contaminación del agua y uso de tierra.

    Fuente: Our World in Data