La temporada de exportación de mango en la región de Rosario, en Sinaloa, cerró con los empaques trabajando apenas al 40% de su capacidad. La razón principal no fue un problema de mercado, sino de producción.
Roberto Crespo Durán, director de campo de Empaque Don Jorge y expresidente de la Asociación de Agricultores del Río Baluarte, explicó que una baja floración en las huertas limitó la cantidad de fruta disponible desde el origen. Es decir, el cuello de botella no estuvo en la demanda ni en la logística, sino en algo que se define meses antes, cuando el árbol decide cuánta flor produce.
Ese detalle es importante porque significa que ni los precios altos ni la demanda fuerte pudieron compensar lo que ya se había perdido en el huerto. Crespo Durán fue claro en que la oferta simplemente no alcanzó para surtir los pedidos, y que la situación fue especialmente crítica en Estados Unidos, y también en Europa, Canadá y Japón. Cuando un mercado no logra recibir la fruta que pidió, no se trata solo de una venta perdida para un exportador, sino de una señal de que ese proveedor pierde terreno frente a otros orígenes que sí pudieron cumplir.
A esto se sumó un arranque tardío. Los empaques comenzaron a trabajar hasta la última semana de mayo, cuando lo normal es iniciar entre el 10 y el 15 de ese mes. Ese retraso hizo que la temporada de Sinaloa coincidiera con las de Jalisco y Nayarit, y esa coincidencia saturó el mercado estadounidense en un momento puntual.
El resultado fue contradictorio con lo que cabría esperar de una producción escasa. Los precios, que llegaron a rondar entre 8 y 12 pesos por kilo, cayeron justo cuando más oferta simultánea entró al mismo destino. Esto muestra que la escasez y los precios bajos pueden convivir si el problema no es solo cuánta fruta hay, sino cuándo llega y con quién compite en el anaquel.
La inseguridad en la región agregó otra capa de complicación operativa. En Escuinapa, afectó directamente la certificación de empaque, un paso necesario para exportar. En el resto de los municipios, obligó a recortar las horas de trabajo de los ingenieros certificadores, lo que redujo el ritmo al que la fruta podía procesarse y salir hacia los mercados. Como resultado, los empaques operaron con apenas el 60% del personal habitual, un dato que confirma que la caída no fue solo de fruta disponible, sino también de capacidad instalada para moverla.
La combinación de estos factores llevó a un cierre anticipado. Muchos empaques ya habían detenido labores desde hace un par de semanas, cuando lo habitual es que la temporada se extienda hasta finales de agosto o incluso hasta la primera o segunda semana de septiembre. Crespo Durán la describió como una de las temporadas más cortas que ha visto.
Lo que deja esta temporada es una lección sobre cómo se acumulan los problemas en una cadena de exportación. Un evento biológico como la baja floración marca el límite superior de lo que se puede vender, sin importar qué tan buena sea la demanda. Luego, el calendario de cosecha determina si esa fruta compite bien o mal en el mercado de destino. Y finalmente, las condiciones operativas en la región de origen deciden si esa fruta, ya limitada, puede procesarse y salir a tiempo.
Cuando los tres factores se alinean en contra, como ocurrió este año en Rosario, el resultado es una temporada corta, con pedidos sin cumplir y precios que no reflejan la escasez real de la fruta.
Fuente: Noroeste

